Y he aquí, un día antes de la semana santa católica, el final del placentero viacrucis que ha logrado ser (para los organizadores) el FLISoL Bogotá 2011. ¿Cómo fue? ¿Quiénes lo padecieron? ¿Por qué ha llevado a la gloria divina?
Esta versión del FLISoL, así como las anteriores, ha logrado ser una experiencia única para todos los involucrados en él: comunidades, participantes, ciudadanía, Estado y organizadores. Para los participantes, la ciudadanía, parte del Estado y parte de las comunidades, la gran experiencia vivida este año la disfrutaron el mismo día del evento gracias a las conferencias, talleres, plazas de promoción y eventos culturales propios de un festival. Pero para los organizadores la odisea -por sus padecimientos, duración y satisfacciones- se inició mucho antes, apenas parido el 2011. Primero, encontrar el equipo de trabajo para la organización del festival; muchos interesados por participar de la organización, pero a la hora de la verdad pocos demostraron el sentimiento de compromiso necesario para tan magnánimo evento, en cambio muchos sí demostraron sus cualidades de trols reaccionarios. Como quien dice, muchos fueron los llamados, pocos fueron los elegidos. Una vez conformado un equipo de trabajo serio se procedió a desarrollar la gestión: seducir -en el sentido netamente empresarial y/o profesional de la palabra- a los patrocinadores, obtener el lugar, contactar a las comunidades, convocar a los instaladores, talleristas, conferencistas y panelistas, organizar la logística, hacer el agua de panela, entre otras tareas.